Henrique Salas Römer, egresado de Yale University y miembro del Consejo Asesor del presidente de su Alma Mater (2000–2019), ha vivido en muchos mundos: la empresa privada, la academia y el servicio público — como parlamentario, gobernador y primer presidente de la Asociación de Gobernadores de Venezuela.
En 1998 fue el principal rival de Hugo Chávez en su primera elección presidencial.
Antes de ingresar a la vida pública, fue director general de STRATEGYON, un prestigioso think tank.
También articulista y editor, es autor de El futuro tiene su historia (2019), obra bien recibida por el público lector y elogiada en círculos académicos.

  • La Lente y la circunstancia

    En ensayos anteriores exploramos lo que ocurre cuando un niño se vuelve adicto al celular. Se acostumbra a vivir en una pecera. En un sitio en el que las escenas cambian, pero él o ella permanece allí.

    Es un mundo en el que no existe pasado. En el que tampoco existe futuro, solo un presente que se extiende. Es un pez que nunca sintió la sensación de dejarse llevar por la corriente o la emoción de luchar en su contra. Una criatura que no vive, se entretiene; que no recuerda bien a sus padres porque tiene pocas experiencias compartidas, experiencias que les hayan dejado alguna huella emocional. Y al abuelo, ese sí lo recuerda, porque no le permite en su presencia usar el celular.

    También hemos visto cómo esa lente se refleja más tarde, y al efecto hemos hablado de los últimos presidentes de EE. UU., no por hablar de política, sino porque son los más visibles, y —al hacerlo— hemos subrayado cómo sus decisiones reflejaron el mundo que vieron cuando niños.

    Además hemos visto, en un contexto distinto, que esa Lente se mantiene intacta no importa la edad a la que se llegue al mando.

    Hoy vamos a ir más al fondo.

    He dividido en dos bloques los presidentes que ejercieron el poder en los últimos cincuenta años, y agregado dos figuras por emblemáticas no pueden dejarse fuera.

    Los nacidos en tiempo de guerra

    Tomemos como referencia a John F. Kennedy, nacido en 1917, y a Henry Kissinger, en 1923. A ellos se suman Jimmy Carter y George H. W. Bush, ambos de 1924, y Barack Obama, de 1961. Todos, salvo Obama, nacieron en los quince años posteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. Obama, en cambio, nació al inicio de la Guerra Fría, el mismo año en que la Unión Soviética levantó el Muro de Berlín.

    Todos vivieron la guerra de cerca o sus consecuencis durante la infancia o temprana adolescencia, y después —tras pocos años de exuberancia— los primeros enfrentaron la Gran Depresión y Obama el Embargo Petrolero Árabe.

    Es interesante agregar que tanto Kennedy como George H. W. Bush cumplieron misiones heroicas en combate, y que tanto Kissinger como Carter realizaron servicio militar activo.

    Veamos su comportamiento.

    Kennedy evitó un desastre nuclear negociando con Jruschov en medio de la Crisis de los Misiles. Kissinger convirtió la negociación —el détente, la apertura a China, la diplomacia itinerante— en su sello personal. Carter presidió los Acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel y los tratados Torrijos-Carter sobre el Canal de Panamá. George H. W. Bush encauzó con Gorbachov el fin de la Guerra Fría. Obama, a quien apodaban “No Drama Obama”, se entendió con Irán.

    La propensión de todos a privilegiar lsa salidas diplomáticas, el entendimiento, no parece una coincidencia.

    Los nacidos en tiempo de orden y paz

    Ronald Reagan, nacido en 1911, y Donald Trump, nacido en 1946, pertenecen a generaciones formadas bajo un orden mundial ya establecido. Para esa generación el orden y la paz eran, simplemente, lo Normal.

    A ambos les tocó gobernar en etapas paralelas: Reagan en la etapa final de la Guerra Fría, y Trump en la etapa final de una guerra igualmente larga —la guerra actual—, una guerra que pocos reconocen como guerra, aunque la confrontación sea evidente. Es una guerra distinta, fundamentalmente sistémica y poco convencional. Que hayan sentido la necesidad de poner orden y, en el caso de Trump, también de imponer la primacía de Estados Unidos, no es de extrañar.

    Bill Clinton y George W. Bush, nacidos también en 1946, si bien actuaron en situaciones totalmente diferentes, compartieron la misma ventana formativa. Si con Reagan Estados Unidos emergía como potencia mundial, para los nacidos en 1946 el país salía además victorioso —en la guerra y en prestigio—, tanto que el dólar se fijó como moneda de referencia y la Organización de las Naciones Unidas escogió Nueva York. En la mente de esos niños esa imagen se agigantó.

    Padre e hijo

    Me refiero a George H. W. Bush, de la primera agrupación, y a su hijo George W. Bush, que aparece en la segunda.

    El mismo nombre, la misma familia, una educación semejante, un mismo hogar, una misma clase social. Y, sin embargo, sus Lentes son opuestas.

    El padre, nacido en 1924 —exactamente en la misma cohorte de Carter y Kissinger—, gobernó con cautela y construyó coaliciones. Tanto, que después de la caída del Muro de Berlín se reunió con Gorbachov en alta mar, frente a Malta, y acordaron el fin de la Guerra Fría.

    El hijo, en cambio, creció en el orden de posguerra. Cuando llegó su momento —después del ataque a las Torres Gemelas—, impulsado por el hubris, decidió no sólo invadir Irak —país que nada tenía que ver con Bin Laden— sino dar un paso más: ocupar ese territorio, la antigua Babilonia, una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad, y desmantelar su ejército, su policía y el partido dominante para imponer, partiendo de cero, el sistema norteamericano.

    Su propio padre, según relata Jon Meacham, fue crítico con esa decisión y cargó especialmente contra Donald Rumsfeld. O sea que culpó al ladrón y no a quien le abrió la puerta. Se comprende por ser su padre. Henry Kissinger, de la misma cohorte generacional que el padre, también se opuso a la ocupación.

    En circunstancias muy distintas, Bill Clinton, nacido en la misma ventana generacional, puso orden en Kosovo, amplió la OTAN y proyectó con firmeza el Consenso de Washington: el molde económico liberal sobre naciones con fuertes desequilibrios, generando traumas en las sociedades socorridas.

    Tres hombres, tres temperamentos muy distintos —Clinton, Bush y Trump, en el orden de su llegada al poder—. Todos actuaron en circunstancias diferentes, pero reflejan una misma determinación: ordenar el mundo según el molde estadounidense. El mismo molde que reaparece en generaciones análogas: Estados Unidos emergiendo como potencia en 1899, o triunfando en 1945 y convirtiéndose en 1989 en la única gran potencia universal tras caer el Muro de Berlín.

    Hay algo más que une a Clinton y a Trump, y en cierta medida también a George W. Bush. Los tres crecieron cuando la televisión —entonces en blanco y negro— se convertía en el nuevo centro de la vida cotidiana. Esa irrupción de la imagen como forma dominante dejó una huella muy visible en su generación. Curiosamente, también en Reagan, por su vínculo con Hollywood. Todos aprovecharon o han aprovechado la televisión como herramienta de comunicación y mando.

    Fíjense bien. Cambió la edad, cambiaron las circunstancias, pero no ese marco de referencia que se inscribió en su retina. Lo llevaron al ejercicio del poder como espejuelo y tamiz.

    Al escribir se aprende, y algo nuevo hemos aprendido. Hemos hecho un nuevo hallazgo, o al menos lo hemos confirmado, uno que merece estudios más profundos, pero tiene todos los visos de ser verdad:

    Quien nace en la guerra privilegia el entendimiento; quien nace en la paz, privilegia el orden aun cuando ello suponga guerra.

    Yo soy yo y mi circunstancia, dijo Ortega y Gasset. Un apotegma, una frase lapidaria. Hoy, sin embargo, sabiendo que la Lente no tiene edad, cabe decir: Yo soy yo, mi Lente y mi circunstancia.

    Cuando te toque votar averigua. ¡fíjate cuando nació!

    PD. Les extrañara la omisión de Joe Biden. Lo conozco personalmente. Es un hombre amigable y sencillo. Lo excluyo por lo siguiente. Como hemos visto, existen generaciones análogas, generaciones que viven circunstancias parecidas. Hemos recorrido dos tipos de generación. Biden pertenece a un tercer tipo de vivencia,pero es el único en cien años, y un caso no establece patrón.

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